1929-1932: Capítulo 5. La idea de la revolución palaciega, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 79-88.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de mayo de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
¿Por qué las clases dirigentes, que buscaban el modo
de evitar la revolución, no hicieron nada por librarse
del zar y de los que le rodeaban? No dejarían de pensar
en ello, pero no se atrevían. Les faltaba la fe en su causa,
y la decisión. La idea de la revolución palaciega
flotaba en la atmósfera hasta que la devoró la verdadera
revolución. Detengámonos un momento aquí,
pues ello nos dará una idea más clara de las relaciones
reinantes en vísperas de la explosión entre la monarquía,
las altas esferas de la nobleza y la burocracia y la burguesía.
Las clases ricas eran de arraigadas convicciones monárquicas.
Así se lo dictaban sus intereses, sus tradiciones y su
cobardía. Pero una monarquía sin Rasputines. La
monarquía le contestaba: «Tenéis que tomarme
tal y como soy.» La zarina salía al paso de las instancias
en que les suplicaban que constituyesen un ministerio presentable
enviando al zar al Cuartel General una manzana que le había
dado Rasputin y pidiéndole que la comiese para reforzar
su voluntad. «Acuérdate -le conjuraba- de que hasta
monsieur Philippe (un charlatán e hipnotizador francés)
decía que no podías dar una Constitución,
pues sería tu ruina y la de Rusia...» «¡Sé
Pedro el Grande, Iván el Terrible, el emperador Pablo;
aplasta cuanto caiga a tus pies!»
¡Qué mezcla repugnante de miedo, de superstición
y de rencorosa incomprensión del país! Creeríase
que, en las alturas por lo menos, la familia zarista no estaba
ya tan sola viendo a Rasputin rodeado siempre de una constelación
de damas aristocráticas y al «chamanismo» adueñado
de los favores de la nobleza. Pero no. Este misticismo del miedo,
lejos de unir, separa. Cada cual quiere salvarse a su manera.
Muchas casas aristocráticas tienen sus santos propios,
entre los que se establece una rivalidad. Hasta en las altas esferas
petersburguesas se ve a la familia del zar como apestada, ceñida
por un cordón sanitario de desconfianza y hostilidad. La
dama de la corte Wirubova dice en sus Memorias: «Tenía
el profundo y doloroso presentimiento de una gran hostilidad en
cuantos rodeaban a aquellos a quienes ya adoraba, y sentía
que esta hostilidad iba tomando proporciones aterradoras...»
Sobre aquel sangriento fondo de la guerra, bajo el ruido sordo
y perceptible de las sacudidas subterráneas, los privilegiados
no renunciaban ni una sola hora a los goces de la vida; muy al
contrario se entregaban a ellos con frenesí. Pero en sus
orgías aparecía con mayor frecuencia un esqueleto
y los amenazaba con las falanges de sus dedos descarnados. Entonces
se les antojaba que todas las desgracias provenían del
detestable carácter de Alicia, la zarina; de la felonía
abúlica del zar, de aquella imbécil y ávida
Wiburova y del Cristo siberiano con la frente señalada.
Ofrendas de horribles presentimientos anegaban a las clases gobernantes
y sacudidas como de calambres se transmitían desde la periferia
al centro: la odiada camarilla de Tsarskoie-Selo iba quedando
cada vez más aislada. La Wirubova ha dado expresión
con bastante elocuencia, en sus Memorias, llenas en general
de mentiras, al estado de espíritu de las alturas por aquel
entonces: «Centenares de veces me pregunté: ¿Qué
le pasa a la sociedad petersburguesa? ¿Están todos
enfermos del espíritu o se han contagiado de una de esas
epidemias que hacen estragos en tiempos de guerra? Difícil
es saberlo, pero lo cierto es que todo el mundo se hallaba en
un estado anormal de excitación.»
Entre los que habían perdido la cabeza se contaba también
la extensa familia de los Romanov, toda aquella traílla
ávida, insolente y por todos odiada de los grandes duques
y las grandes duquesas; poseídos todos de un terror mortal,
se hacían la ilusión de huir del círculo
que los atenazaba, coqueteaban con la aristocracia rebelde, murmuraban
del zar y la zarina, se mordían unos a otros y a quienes
les rodeaban. Los «augustos tíos» dirigían
al zar cartas de exhortación en las que, pro debajo del
respeto, se adivinaba el rechinar de dientes.
Ya después de la revolución de Octubre, Protopopov
describía, sin gran fineza, pero de un modo bastante pintoresco,
el estado de espíritu que reinaba en la esferas dirigentes.
Hasta las clases más elevadas conspiraban ante la revolución.
En los salones y en los clubes criticábase dura y desfavorablemente
la política del gobierno, analizábanse y dictaminábanse
las relaciones creadas en el seno de la familia real; contábanse
anécdotas acerca del jefe del Estado; escribíanse
versos satíricos; muchos grandes duques frecuentaban abiertamente
estas reuniones, y su presencia daba a aquellas invenciones caricaturescas
y a aquellas malévolas exageraciones, a los ojos de la
gente, un marcado aire de verdad. Hasta el último momento,
nadie tuvo conciencia de lo peligroso que era aquel juego.
Una de las cosas que más contribuían a dar pábulo
a los rumores que corrían acerca de la camarilla palaciega
era la acusación de germanofilia e incluso la inteligencia
directa con el enemigo que contra ella se lanzaba. El aturdido
y atropellado Rodzianko declara sin ambages: «La articulación
y analogía de las aspiraciones era tan lógica y
evidente que a mí, al menos, no me cabe la menor duda de
que entre el Estado Mayor alemán y la camarilla de Rasputin
había alguna relación.» La simple invocación
de la «evidencia» y la «lógica» quita
fuerza al tono categórico de su testimonio. Aun después
de la revolución, no puede descubrirse la menor prueba
de que existiese una inteligencia entre los rasputinianos y el
Estado Mayor alemán. Lo de la llamada «germanofilia»
es ya ora cosa. No se trataba, naturalmente, de las simpatías
y antipatías nacionalistas de la zarina, de estirpe alemana,
del primer ministro Sturmer, de la condesa de Kleinmichel, del
mayordomo de palacio, conde Frederichs, ni de otros caballeros
de apellido alemán. Las cínicas Memorias de la vieja
intrigante Kleinmichel nos revelan con desnuda evidencia hasta
qué punto estaba por encima de nacionalismos la alta aristocracia
de todos los países de Europa, vinculada en todas partes
por lazos de parentesco y de herencia, por el desprecio hacia
los demás simples mortales y, last but not least,
por sus libertinajes cosmopolitas entre los muros de los viejos
castillos, de los balnearios de moda y las cortes europeas. Tenían
bastante más de real las antipatías orgánicas
de la pandilla palaciega contra aquellos plebeyos abogados de
la República francesa y las simpatías de los reaccionarios
-lo mismo los de apellido teutónico que los de nombre eslavo-
contra el espíritu auténticamente prusiano del gobierno
berlinés, que durante tanto tiempo les había tenido
fascinados con sus bigotes tiesos, sus modales de sargento mayor
y su estulticia llena de suficiencia.
Mas tampoco era esto lo decisivo. El peligro se desprendía
de la lógica misma de la situación, pues la corte
no tenía más salida que buscar su salvación
en una paz por separado, tanto más apremiante cuanto más
peligrosa se tornaba aquella situación. Como veremos más
adelante, el liberalismo aspiraba en la persona de sus jefes a
reservarse para sí la carta de la paz por separado, enfocándola
en la perspectiva de su subida al poder. Esto impulsábales
precisamente a desarrollar una furiosa agitación chovinista,
engañando al pueblo y aterrorizando a la corte. La camarilla
no se atrevía, en una cuestión tan espinosa, a quitarse
prematuramente la careta, y veíase incluso obligada a asociarse
al tono patriótico del país, al paso que tanteaba
por debajo de cuerda el terreno para una paz separada.
El general Kurlov, jefe de la policía y miembro de la camarilla
de Rasputin, niega, en sus Memorias, naturalmente, las simpatías
alemanas de sus protectores; pero, a renglón seguido, añade:
«No hay razón para acusar a Sturmer porque sostuviese
que la guerra con Alemania era la mayor desgracia que podía
ocurrirle a Rusia y carecía de toda base política
seria.» Conviene no olvidar, sin embargo, que el tal Sturmer,
que sostenía una opinión tan interesante, era el
jefe de gobierno de un país que estaba en guerra con Alemania.
El último ministro del Interior, Protopopov, sostuvo, en
vísperas de posesionarse de la cartera en Estocolmo, una
conversación con un diplomático alemán, de
la cual dio cuenta al zar y al propio Rasputin; siempre, según
Kurlov, «había considerado como una inmensa calamidad
para Rusia la guerra con Alemania». Finalmente, la emperatriz
escribía al zar, el 5 de abril de 1916: «No osarán,
pues no pueden, decir que él tenga nada que ver con los
alemanes, porque sea bueno y generoso para todos como Cristo,
sin preguntar a nadie por la religión que profesa, como
debe ser todo verdadero cristiano.»
Claro está que este «verdadero cristiano», que
casi nunca posaba la borrachera, podía haber estado perfectamente,
como lo estaba, en relación con espías profesionales,
con croupiers, con usureros y proxenetas aristocráticas,
agentes directos del espionaje. No nos extrañaría
que mantuviese «amistades» de éstas. Pero los
patriotas de la oposición iban más allá y
formulaban la cosa de un modo más directo, pues acusaban
personalmente a la zarina de traidora. El general Denikin en sus
Memorias, escritas a la vuelta de mucho tiempo, dice: «En
el frente nadie se recataba para decir que la zarina exigía
a toda costa una paz separada, que había traicionado al
mariscal Kitchener delatando, según se decía, su
viaje a los alemanes, etc. Esto contribuyó increíblemente
a desmoralizar las tropas, influyendo en su actitud ante la dinastía
y la revolución.» El propio Denikin cuenta que, y
después de la revolución, al preguntarle el general
Alexéiev abiertamente qué pensaba de la supuesta
traición de la zarina, había contestado «de
un modo vago y de mala gana» que al examinar sus papeles
se había encontrado con un mapa en el que estaba señalada
con todo detalle la situación de las tropas en todo el
frente, y esto le había producido a él, Alexéiev,
una impresión abrumadora... «Y sin decir ni una palabra
más -añade Denikin elocuentemente- cambió
de conversación.» Si la zarina tenía entre
sus papeles ese mapa misterioso, es cosa que ignoramos; pero es
evidente, desde luego, que los fracasados generales no veían
con malos ojos que se descargara sobre la emperatriz una parte
de la responsabilidad que les incumbía por sus derrotas.
Los rumores acerca de la traición de la corte partieron
segurísimamente de arriba, de los ineptos Estados Mayores.
Si era verdad que la zarina, a cuyos mandatos se plegaba ciegamente
el zar, ponía en manos del káiser los secretos de
guerra y hasta las cabezas de los mariscales aliados, ¿qué
mejor que quitar de en medio a la real pareja? El gran duque Nicolás
Nicolaievich, jefe del ejército y a quien se consideraba
como la cabeza visible del partido antigermánico, estaba
predestinado oficialmente casi a asumir el papel supremo de amparador
de la revolución palaciega. No fue otra la causa de que
el zar, a instancias de Rasputin y de la zarina, destituyera al
gran duque y tomara en sus manos el mando supremo de las tropas.
Pero la zarina le temía incluso a la entrevista que habían
de celebrar tío y sobrino en la ceremonia de traspaso de
poderes: «Procura, tesoro, ser prudente -le escribe la zarina
al zar al Cuartel General-, y no dejes que Nikolaska (1) te engañe
con alguna promesa ni con nada; acuérdate de que Grigori
te ha salvado de él y de sus malvados amigos... Acuérdate,
en nombre de Rusia, de lo que maquinaban: deshacerse de ti (no,
no es ningún rumor vano; Orlov tenía ya todos los
papeles preparados) y recluirme a mí en un convento...»
Miguel, hermano del zar, decíale a Rodzianko: «Toda
la familia sabe bien lo perniciosa que es Alejandra Teodorovna.
Mi hermano y ella están rodeados por todas partes de traidores.
Todas las personas decentes se les han alejado. Pero, ¿qué
hacer en esta situación?» La gran duquesa María
Pulovna insistía, en presencia de sus hijos, en que Rodzianko
tomara sobre sí la iniciativa de «suprimir» a
la zarina. Rodzianko propuso que se diese aquella conversación
por no celebrada; en otro caso, si no quería faltar a su
juramento, tendría que poner en conocimiento del zar que
la gran duquesa había invitado al presidente de la Duma
a quitar de en medio a la emperatriz. He aquí cómo
aquel ingenioso gentilhombre de cámara convertía
el tema del atentado contra la zarina en un gracioso chiste de
salón.
El propio gobierno se hallaba, en ciertos momentos, en marcada
oposición con el zar. Ya en 1915, año y medio antes
de estallar la revolución, pronunciábanse abiertamente
en las reuniones ministeriales discursos que aun hoy nos parecen
inverosímiles. Así, el ministro de la Guerra, Polivanov,
decía: «Sólo una política conciliadora
para con la sociedad puede salvar la situación. Los inseguros
diques actuales no pueden contener la catástrofe.»
Y el ministro de Marina, Grigorovich: «Nadie ignora que el
ejército no confía en nosotros y espera cambios.»
El ministro de Negocios extranjeros, Sazanov: «La popularidad
del zar y su prestigio han disminuido considerablemente a los
ojos de las masas populares.» El ministro del Interior, príncipe
Cherbatov: «No servimos para gobernar a Rusia en la situación
que se ha creado... Es necesaria una dictadura o una política
de conciliación.» (Consejo de Ministros del 21 de
agosto de 1915.) Ni una ni otra solución servían;
ninguna de las dos era ya factible. El zar no se decidía
a la dictadura, rechazaba la política conciliadora y se
negaba a aceptar la dimisión a los ministros que se consideraban
ineptos. Un elevado funcionario hace la siguiente acotación
a los discursos de los ministros: «Por lo visto, no habrá
más remedio que dejarse colgar de un farol.»
Con semejante estado de espíritu, no tiene nada de sorprendente
que aun en las altas esferas burocráticas se hablara de
la necesidad de una revolución palaciega como único
medio de evitar la revolución inminente. «Cerrando
los ojos -recuerda uno de los que tomaron parte en estas conversaciones-
hubiera podido uno figurarse que se encontraba entre revolucionarios
de toda la vida.»
Un coronel de gendarmes, a quien se dio la comisión de
inspeccionar las tropas del sur de Rusia, trazaba en su informe
un cuadro sombrío: «Como resultado de la labor de
propaganda, sobre todo en lo tocante a la germanofilia de la emperatriz
y del zar, el ejército se ha hecho a la idea de una revolución
palatina.» «En los clubes de oficiales se habla abiertamente
en este sentido, y sus murmuraciones no encuentran réplica
merecida en el alto mando.» Por su parte, Protopopov atestigua
que «un número considerable de elementos pertenecientes
al alto mando simpatiza con el golpe de Estado; algunos de ellos
se hallaban en relación con los elementos del llamado bloque
progresivo y bajo su influencia».
El almirante Kolchak, que más tarde habría de adquirir
tan gran celebridad, dijo, después de la derrota de sus
tropas por el ejército rojo, declarando ante la Comisión
fiscalizadora de los soviets, que había mantenido relaciones
con muchos miembros de la oposición de la Duma, cuyos discursos
escuchaba con placer, ya que «veía con antipatía
el régimen existente en vísperas de la revolución».
Sin embargo, Kolchak no fue puesto al corriente de los planes
de la revolución palaciega. Después del asesinato
de Rasputin y del subsiguiente destierro de los grandes duques,
los aristócratas hablaron en voz bastante alta de la necesidad
de proceder a la revolución de camarilla. El príncipe
Yusupov cuenta que el gran duque Dimitri, detenido en Palacio,
fue visitado por oficiales de varios regimientos que le propusieron
distintos planes de acción decisiva, «con los cuales,
naturalmente, no podía mostrarse conforme».
Se sospecha que los diplomáticos aliados, al menos el embajador
británico, estaban complicados en el complot. El dicho
embajador, respondiendo indudablemente a la iniciativa de los
liberales rusos, hizo en enero de 1917, no sin antes solicitar
la venia de su gobierno, una tentativa para influir sobre Nicolás.
El zar escuchó atenta y amablemente al embajador, le dio
las gracias y pasó a hablar de otras cosas. Protopopov
dio cuenta a Nicolás II de las relaciones de sir Buchanan
con los jefes del bloque progresista y propuso que se vigilase
la Embajada británica. El zar hizo como si no aprobara
esta proposición, por entender que el vigilar a los embajadores
no se avenía con las tradiciones internacionales. Kurlov
dice, sin embargo, sin vacilar, que «los agentes de investigación
informaban diariamente de las relaciones del líder del
partido kadete, Miliukov, con la Embajada británica».
Como se ve, las «tradiciones internacionales» no fueron
obstáculo mayor; pero su infracción tampoco sirvió
de mucho. La conspiración palatina no fue descubierta.
¿Existía, en realidad, tal conspiración? Nada
hay que lo pruebe. Para ser un complot era demasiado vasto, abarcaba
elementos demasiado heterogéneos y numerosos. Flotaba en
el aire como expresión del espíritu de la alta sociedad
petersburguesa, como una vaga idea de salvación o como
una salida desesperada, pero sin llegar a concretarse en ningún
plan práctico.
La nobleza del siglo XVIII introdujo más de una vez enmiendas
de carácter práctico en el orden de sucesión
al trono, encerrando o estrangulando a los emperadores que no
le eran gratos; fue lo que se hizo con Pablo en 1801. No puede
decirse, pues, que la revolución palaciega no tuviese precedentes
en las tradiciones de la monarquía rusa; al contrario,
constituía un elemento típico y constante del zarismo.
Pero ya hacía tiempo que la aristocracia no se sentía
firme en su puesto. Cedía a la burguesía liberal
el honor de estrangular al zar y a la zarina, y el caso es que
tampoco los caudillos de este otro poder demostraban más
decisión que ella.
Después de la revolución fueron reiteradamente señalados
como jefes de las conspiraciones los capitalistas liberales Guchkov
y Terechenko y el general Krimov, que simpatizaba con ellos. Los
propios Guchkov y Terechenko confirmaron, aunque de un modo vago,
la conjetura. Era natural que el duelista Guchkov, ese voluntario
en la guerra de los boers contra Inglaterra, un liberal con espuelas,
se destacase a los ojos de la «opinión pública»
como la figura más adecuada para aquel complot. El no era,
por cierto, un retórico, como el profesor Miliukov. Guchkov
pensaría, indudablemente, más de una vez en dar
uno de esos golpes certeros y rápidos por medio de los
cuales un regimiento de la Guardia se basta para suplantar y evitar
la revolución. Ya Witte, en sus Memorias, denunciaba
a este personaje, a quien odiaba, como un devoto de los métodos
empleados por los jóvenes turcos para deshacerse de los
sultanes molestos; pero Guchkov, que en sus años de juventud
no había tenido tiempo de demostrar su arrojo de joven
turco, era ya un hombre cargado de años. Y, sobre todo,
al colega de Stolipin no podía pasársele desapercibida
la diferencia que mediaba entre las condiciones de Rusia y la
vieja Turquía, ni podía dejar de preguntarse si
aquel golpe de Estado palaciego no resultaría a la postre,
en vez de un medio de evitar la revolución, el último
empujón que desencadenase la tormenta; es decir, si el
remedio no sería peor que la enfermedad. En la literatura
consagrada a la revolución de Febrero se habla de la conjura
palaciega como de un hecho firmemente comprobado. Miliukov se
expresa así: «El golpe estaba señalado para
febrero.» Denikin amplió el plazo a marzo. Ambos recuerdan
el «plan» de detener el tren del zar en el camino, exigirle
la abdicación y, en el caso, que se consideraba inevitable,
de que se negase, «suprimirle físicamente». Miliukov
añade que, en previsión del posible golpe de Estado,
los jefes del bloque progresista, que no participaban en el complot
y que no estaban «detalladamente» informados de los
preparativos del mismo, estudiaban sigilosamente cuál sería
el mejor medio de aprovecharse de aquel golpe, caso de que diera
resultado. Algunos estudios marxistas de estos últimos
años aceptan la versión de que el golpe de Estado
llegó a prepararse. Este ejemplo -dicho sea de paso- demuestra
cuán pronto y con qué fuerza se abren paso de las
leyendas a través de la ciencia histórica.
La prueba más importante del complot palatino que frecuentemente
se alega es el pintoresco relato de Rodzianko, que atestigua precisamente
que no hubo tal complot. En enero de 1917 llegó del frente
a la capital el general Krimov, quien declaró ante los
miembros de la Duma que las cosas no podían seguir de aquel
modo: «Si os decidís a esa medida extrema (la sustitución
del zar) os apoyaremos.» ¡Si os decidís! El octubrista
Chidlviski exclamó, colérico: «No hay por qué
compadecerle, cuando está arrastrando a Rusia a la ruina.»
En el transcurso de la acalorada discusión que se entabló
alguien citó las palabras pronunciadas pro Brusílov
o que, por lo menos, se le atribuían. «Puesto en el
trance de optar entre el zar y Rusia, mi puesto estará
al lado de Rusia.» ¡Puesto en el trance! El joven
millonario Terechenko se mostraba partidario inexorable del regicidio.
El cadete Chingarev interviene, para decir: «El general tiene
razón: hay que dar el golpe de Estado... Pero, ¿quién
se decide a darlo?» Todo el quid estaba en esto: ¿quién
se decide? Tales son, en puridad, los datos que da Rodzianko,
que, por su parte, votó contra el golpe de Estado de que
se hablaba. Por lo visto, en el transcurso de las pocas semanas
siguientes el plan no avanzó ni un paso. Hablábase
de detener el tren real; pero no se decía quién
había de encargarse de esta operación.
En su juventud, el liberalismo ruso apoyaba con su dinero y sus
simpatías a los terroristas revolucionarios, en la esperanza
de que las bombas de los anarquistas echarían en sus brazos
a la monarquía. Ninguno de aquellos respetables caballeros
sabía lo que era jugarse la cabeza. Pero lo verdaderamente
importante no era el miedo personal: era el miedo de clase. Las
cosas ahora -pensaban los liberales- no andan nada bien, pero
aún podían andar peor. De todas maneras, si Guchkov,
Terechenko y Krimov se disponían seriamente a dar el golpe
de Estado, si realmente lo hubieran llegado a planear movilizando
fuerzas y recursos, se hubiera sabido de un modo indubitable después
de la revolución, pues ni los organizadores ni, sobre todo,
los ejecutores jóvenes, que hubieran sido legión,
tenían razón alguna para guardar silencio acerca
de aquella hazaña «casi» cumplida. Derrocada
la monarquía, esto no hubiera hecho más que dar
pábulo a su carrera. Pero en vano buscaremos semejantes
revoluciones. Por lo que a Guchkov y Krimov se refiere, podemos
asegurar sin temor a equivocarnos que sus afanes no pasaron de
unos cuantos suspiros patrióticos entre sorbo y sorbo de
vino y chupada y chupada de habano. Los conspiradores casquivanos
de la aristocracia, lo mismo que los sesudos varones oposicionistas
de la plutocracia, no tuvieran valor suficiente para corregir
por medio de la acción los funestos derroteros trazados
por la providencia.
Uno de los liberales más fatuos y palabreros, Maklakov,
exclamaba en mayo de 1917, en una sesión privada de la
Duma, arrollada con la monarquía por la revolución:
«Si nuestros descendientes maldicen a esta revolución
nos maldecirán también a nosotros mismos, que no
supimos evitarla a tiempo, implantándola desde arriba.»
Más tarde, ya desde la emigración, Kerenski, siguiendo
el ejemplo de Maklakov, dice, afligido: «Sí, la Rusia
privilegiada no dio a tiempo desde arriba un golpe de Estado -del
que tanto se hablaba y para el que tantos(?) preparativos se habían
hecho-, que hubiera evitado la catastrófica explosión
del régimen.»
Estas dos exclamaciones completan el cuadro y demuestran que cuando
ya la revolución había desencadenado sus fuerzas
indomables, los necios ilustrados seguían creyendo que
hubiera podido evitarse fácilmente con un cambio «oportuno»
en las cumbres dinásticas del régimen.
Faltó decisión para llevar a cabo la «gran»
revolución palaciega. Pero de ella brotó el plan
de un pequeño golpe de Estado. Los conspiradores liberales
no se atrevieron a suprimir al primer actor del drama monárquico;
pero los grandes duques decidieron suprimir al apuntador, viendo
en el asesinato de Rasputin el último recurso para salvar
a la dinastía.
El príncipe Yusupov casado con una Romanov, asocia a la
empresa al gran duque Dimitri Pavlovich y al diputado monárquico
Purichkievich. También intentaron atraerse al liberal Maklakov,
sin duda para dar a aquel asesinato un carácter «nacional».
El famoso abogado escurrió lindamente el bulto y se limitó,
prudentemente, a suministrar a los conjurados el veneno. ¡Detalle
éste de gran estilo! Los conjurados confiaban, y no sin
razón, que el automóvil con las armas de Romanov
facilitaría la desaparición del cadáver después
de perpetrado el crimen. ¡Magnífica ocasión
para demostrar la utilidad del blasón de los grandes duques!
Lo demás se desarrolló como en un argumento de película
de mal gusto. En la noche del 16 al 17 de diciembre, Rasputin,
invitado a una juerga fue asesinado en el palacio de Yusupov.
Las clases gobernantes, si se exceptúa a la reducida camarilla
y a las místicas adoradoras del «santo», vieron
en el asesinato de Rasputin un acto salvador. El gran duque, arrestado
en su domicilio con las manos manchadas, según la expresión
del zar, pro sangre de mujik -aunque fuera un «santo»,
no por eso dejaba de ser un campesino-, fue visitado en señal
de simpatía por todos los miembros de la casa imperial
que se hallaban en Petersburgo. La hermana de la zarina, viuda
del gran duque Sergio, comunicó por telégrafo que
rezaba por los asesinos y bendecía su patriótica
acción. Los periódicos, mientras no se dictó
la prohibición de tocar el tema de Rasputin, publicaron
artículos entusiastas; en los teatros intentaron organizarse
manifestaciones en honor de los asesinos, y los transeúntes
se felicitaban por las calles. «En las casas particulares,
en los clubes de oficiales, en los restaurantes -recuerda el príncipe
Yusupov- se brindaba por nuestra salud; en las fábricas,
los obreros lanzaban hurras en nuestro honor.» Es perfectamente
explicable que los obreros no diesen muestras de pena al enterarse
del asesinato de Rasputin. Pero sus gritos de júbilo no
tenían nada que ver con la esperanza de que se corrigiese
la dinastía.
La camarilla de Rasputin adoptaba una actitud expectante. Rasputin
fue enterrado sigilosamente sin más cortejo que el zar
la zarina, sus hijas y la Wirubova. Junto al cadáver del
«santo Amigo», antiguo cuatrero, asesinado por los grandes
duques, la familia real tuvo que sentirse sola y como apestada.
Pero Rasputin no encontró sosiego ni debajo de tierra.
Cuando a Nicolás II y Alejandra se les consideraba ya como
arrestados, los soldados de Tsarskoie-Selo abrieron la tumba y
exhumaron el féretro. Junto a la cabeza del muerto había
un icono con esta dedicatoria: «Alejandra, Olga, Tatiana,
María, Anastasia, Ana.» El gobierno provisional envió
un emisario con órdenes de que el cadáver fuese
trasladado, no se sabe para qué a Petrogrado. La multitud
se opuso a ello y el emisario tuvo que quemar el cadáver
en presencia suya.
Después del asesinato del «Amigo», la monarquía
no vivió más de diez semanas. Aunque pequeño,
todavía le quedaba un plazo por suyo. Ya no vivía
Rasputin, pero seguía reinando su sombra. Contra lo que
habían esperado los conspiradores después del asesinato,
la pareja real siguió sosteniendo con especial obstinación
a los miembros más despreciables de la camarilla de Rasputin.
Para vengar a éste, fue nombrado ministro de Justicia un
canalla famoso. Varios grandes duques fueron desterrados de la
capital. Se decía que Protopopov se dedicaba al espiritismo
para conjurar el espíritu del muerto. El dogal va ciñéndose
cada vez más a la garganta de la monarquía.
El asesinato de Rasputin tuvo grandes consecuencias, aunque no
precisamente las que habían imaginado sus autores e instigadores.
Lejos de atenuar la crisis, lo que hizo fue exacerbarla. Por todas
partes se hablaba del hecho: en los palacio y en los estados mayores,
en los talleres y en las chozas de los campesinos. La conclusión
no era difícil de sacar: hasta los grandes duques tenían
que acudir al veneno y al revólver contra la corrompida
camarilla. El poeta Block escribía, comentando el asesinato
de Rasputin: «La bala que acabó con él se ha
clavado en el mismo corazón de la dinastía reinante.»
Robespierre recordaba a la Asamblea legislativa que la oposición
de la nobleza, al debilitar a la monarquía, había
puesto en pie a la burguesía, y detrás de ella a
las masas populares. Al propio tiempo, Robespierre advertía
que en el resto de Europa la revolución no podría
desarrollarse con la misma rapidez que en Francia, porque las
clases privilegiadas de los otros países, aprendiendo el
ejemplo de la aristocracia francesa, se cuidarían de no
tomar en sus manos la iniciativa de la revolución. Pero,
al hacer este notable análisis, Robespierre se equivocaba,
suponiendo que con su oposición irreflexible los nobles
franceses habían dado una lección perdurable a la
aristocracia de los demás países. El ejemplo de
Rusia había de demostrar de nuevo en 1905, y sobre todo
en 1917, que la revolución, al enfrentarse con el régimen
autocrático y semifeudal, es decir, contra la nobleza,
encuentra en sus primeros pasos el aliento incoherente, no sólo
de la nobleza de filas, sino incluso de sus sectores más
privilegiados, de los miembros de la dinastía inclusive.
Este notable fenómeno histórico podría parecer
paradójico y contrario a la teoría de la sociedad
de clases; en realidad sólo contradice a la idea vulgar
que muchos tienen de ella.
La revolución surge cuando todos los antagonismos de la
sociedad llegan a su máxima tensión. La situación,
en estas condiciones, hácese insoportable incluso para
las clases de la vieja sociedad, es decir, aquellas que están
condenadas a desaparecer. Sin dar a las analogías biológicas
más importancia de la que merecen, no será inoportuno
recordar que llega un momento en que el parto es algo tan inevitable
y fatal para el organismo materno como para el nuevo ser. La rebeldía
de las clases privilegiadas no hace más que dar expresión
a la incompatibilidad de su posición social tradicional
con las necesidades vitales de la sociedad en el futuro. La aristocracia,
sintiendo converger sobre sí la enemiga general... hace
recaer la culpa sobre la burocracia. Ésta acusa a su vez
a la nobleza, hasta que ambas juntas, o cada cual por su parte,
enderezan su descontento contra el símbolo monárquico
del poder.
El príncipe Cherbatov, sacado de las instituciones de la
nobleza para servir durante algún tiempo como ministro
de la Corona, decía: «Tanto Samarin como yo somos
antiguos mariscales de la nobleza provinciana. Hasta ahora, nadie
nos ha considerado como de la izquierda, ni nosotros mismos nos
asignamos este carácter. Pero ni él ni yo podemos
comprender que impere en el Estado una situación en la
que el monarca y su gobierno se hallen radicalmente divorciados
de todo lo que hay de razonable en el país -de las intrigas
revolucionarias no hay para qué hablar-: de los nobles,
de los comerciantes, de las ciudades, de los zemvstos e incluso
del ejército. Si en las alturas no se quiere escuchar nuestra
opinión, sabremos cuál es nuestro deber: marcharnos.»
Para la nobleza, la causa de todos los males está en que
la monarquía se ha vuelto ciega o ha perdido el juicio.
La clase privilegiada no ha perdido las esperanzas en una política
capaz de conciliar la sociedad vieja con la nueva. O, dicho en
otros términos: la nobleza no se aviene a la idea de que
está condenada a desaparecer, y convierte lo que no es
más que la angustia del agonizante en rebeldía contra
la fuerza más sagrada del viejo régimen, es decir,
contra la monarquía. La acritud y la irresponsabilidad
de la rebeldía aristocrática se explican por la
misma molicie histórica a que están acostumbrados
sus más altos representantes, por su miedo insuperable
a la revolución. Las incoherencias y contradicciones de
la rebeldía aristocrática tienen su razón
de ser en el hecho de que se trata de una clase que tiene cerradas
todas las salidas, y del mismo modo que una lámpara, antes
de extinguirse, brilla por un momento con resplandor más
vivo, aunque sea humoso, la nobleza, en los estertores de la agonía,
tiene un resplandor súbito de protesta que presta un gran
servicio a sus enemigos mortales. Es la dialéctica de este
proceso, que no sólo se aviene a la teoría de la
sociedad de clases, sino que sólo en ésta encuentra
su explicación.
(1) Diminutivo de Nicolás [NDT.]
Capítulo 6. Agonía de la monarquía